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lunes, 4 de mayo de 2009

Los pobres, otra vez

La experiencia demuestra sin duda que las principales víctimas de las crisis son siempre los pobres. Son los primeros en perder el empleo y los últimos en recuperarlo. Carecen de las redes que les permitan reinsertarse rápidamente y del capital humano e historia laboral para acceder a empleos que se recuperan rápido. Además tienen menos ahorros –si lo tienen- y una mayor carga de familia, por lo que el golpe de perder el empleo es mucho más fuerte. Las empresas comienzan por despedir a los mas débiles: informales, jóvenes y de baja capacitación.
Llegan a la crisis desprotegidos, porque contra lo que afirma el Gobierno, el derrame no les ha beneficiado. Los indigentes están igual de excluidos que en el 2002; trabajan en un mercado de pobres para pobres, de bajísima productividad; el 80 % en negro, sin cobertura social alguna.


Por ello es que las políticas sociales que asumen que hay un solo mercado de trabajo se equivocan. No les ha de llegar ni el aumento de venta de autos, lavarropas o bicicletas, si se produce. Sufrirán como nadie la caída en la construcción. Los informales son excluidos de los mercados, pero también de los beneficios. Sus hijos no reciben las mismas prestaciones que los de los formales. Peor aún, nadie habla por ellos, ni pide por su salud o su educación. Las organizaciones sindicales son para los formales. El único espacio de expresión que les queda es la protesta. Además de pobres o indigentes, son vulnerables, porque como lo ha demostrado el proceso que se da desde 2007, la inflación les hace retroceder rapidamente en lo poco que pudieron haber logrado por mejores empleos o salarios.

Viven en la cuerda floja que los arroja nuevamente a la pobreza si pierden el empleo, tienen un problema de salud o aun un embarazo adolescente en la familia. Y, con las mentiras del Indec, han desaparecido del mapa de la pobreza. Para un Gobierno que se dice progresista, 2 millones de personas no existen; y ello se refleja en un presupuesto social devaluado y en prestaciones que no reflejan la inflación.


Las crisis como la que ya estamos sintiendo les pegan mas duro que a los demás, pero sobre todo aumentan la posibilidad de prolongación de la pobreza a través de los niños y los jóvenes. Si sus hijos abandonan la escuela para trabajar, dificilmente volverán a ella o lo harán repitiendo y atrasándose. De allí a que se deterioren sus aspiraciones y sus posibilidades concretas de progreso, habrá un paso. Y esta es otra razón por la que la crisis afecta mas a los pobres que a los ricos: los hijos de los sectores medios y altos no tienen que dejar la escuela para ayudar a la familia.

Para que no suceda lo que ya es lamentablemente tradicional en la historia argentina, necesitamos un esfuerzo muy importante de toda la comunidad, no solo de asignación de mas recursos, sino también de redistribución, palabra a la que el Gobierno le ha escapado a pesar de su discurso progresista, como lo demuestra la increible transferencia retrógrada generada por la supresión de la tablita de Machinea.

Hoy solo el 30% de los pobres e indigentes está cubierto por un programa social. Por lo tanto , todo lo que se logre de allí para arriba, será muy importante, comenzando con la protección a los niños y los escolares.

Resolver este problema es un gran desafío para la vocación de diálogo que la Presidenta anuncia, pero no ejecuta. Porque implica que el Gobierno, la dirigencia política y aun la empresarial deberán hablar por los que no tienen voz ni pueden hacer huelga . O sea, por quienes son , realmente, los otros. En eso consiste ser un Gobierno progresista: en actuar por quienes son tan pobres que no tienen presentación formal. Trabajar, negociar y aun ceder el propio ingreso para ayudar a 4 millones de excluídos que no estan en la mesa de negociaciones, en una sociedad irritada por la inseguridad y las sospechas políticas no es facil . Pero en la dificultad está también la verdadera sensibilidad y por tanto la grandeza.

Ha habido muchas propuestas inteligentes en los últimos tiempos. Redistribuir las asignaciones familiares; un ingreso básico para todos los chicos en edad escolar; aumentar sensiblemente las becas de retención educativa. O sea, pasar del reparto discrecional a la universalización.
Si el Gobierno se anima a asumir el problema, a reconocer su dificultad y a pedir ayuda, habrá dado muestra de sensibilidad e inteligencia política.

martes, 7 de abril de 2009

Un Gobierno que oculta la realidad no es progresista *

Uno de los problemas más complejos de la armonía social es el de saber lo que sucede con la pobreza. Por obvias razones de justicia, la sociedad necesita contar con información correcta y en tiempo para poder construir y operar su agenda de prioridades sobre las cuestiones sociales.

Lamentablemente, sin ese flujo de información, no todos de quienes tienen necesidades son igualmente escuchados. Algunos lo son más cuando se organizan y consiguen influenciar sobre la agenda social; otros son olvidados cuando están dispersos y sin representación. ¿Quién representa (y quién escucha) en realidad al 40% de los trabajadores que están en negro y desorganizados, o a los chicos que duermen en las calles? La preocupación por la pobreza, la asignación de recursos y la energía social no pueden ser -al menos en una buena democracia- el resultado del azar, la presión mediática o la violencia.

Hay varias maneras de lograr esa información y, por tanto, construir la agenda social que defina el camino. Una de ellas es la relación cotidiana con la sociedad civil, que por su capilaridad dentro de las comunidades, puede captar antes que el Estado lo que está sucediendo y así ayudar a armar mejores diagnósticos y acciones. Otra es, claro, estar al tanto de lo que investiga la comunidad académica y aprovechar sus reflexiones para entender mejor lo que pasa o está por pasar.

No obstante, la gran herramienta es un sistema estadístico confiable que permita leer el presente y anticiparse al futuro; y sobre todo, que sirva para demostrar públicamente por qué y cómo se definen las prioridades de asignación del gasto. Sin esa información, se caerá en el peligro del dedómetro o de las prioridades políticas; y será imposible medir cuál es el impacto de las acciones gubernamentales. Si no se sabe desde donde se parte, no se puede saber adónde se quiere llegar.

Por todo ello, ocultar la realidad es más que una picardía política; es una ruptura de los fundamentos del contrato social y, por ello, es funcional a la inequidad. Si mañana, alguien decidiese que ha desaparecido la tuberculosis, no habría razón para asignar recursos para seguir luchando con esta enfermedad y los enfermos quedarían desamparados. Nadie se acordaría de ellos. Manipulando los índices de precios, decidimos que hay menos pobres; manipulando los índices de desocupación decidimos que hay menos desocupados; y desde allí hacemos muchos otros supuestos, como que hay menos niños o jóvenes en hogares pobres. Si decidimos que bajó la pobreza, entraremos en un estado de autocomplacencia que desconectará a los fenómenos sociales de sus causas y efectos. Entonces, no se necesitará redistribuir porque todo está bien. La cadena de la felicidad asegura que lo que no se ve, no existe.

La información transparente no sólo es una obligación democrática. Es una luz de alarma que mueve energías sociales, públicas y privadas; y es por ello que un Gobierno no puede decirse que es ‘progresista’ si oculta la realidad, puesto que frena la discusión y paraliza esas energías. Para que los lectores tengan una idea de lo que esto significa, hace dos años que en la Argentina no se puede hacer investigación social con fundamentos numéricos serios y por ello no podemos saber qué pasa dentro de la sociedad. Hoy, no pueden conocerse cuestiones tan básicas para tomar decisiones como la situación de pobreza de los niños, o la laboral de jóvenes y mujeres pobres. Tal vez sea por todo ello que los programas sociales nacionales cubren solo al 30% de los indigentes.

Por estas razones, sería muy importante que la Ministra de Desarrollo Social de la Nación informe a la sociedad sobre qué base estadística esta tomando decisiones y cómo sabrá cual es el impacto de la crisis sobre los más débiles. Contra lo que pueda pensar el gobierno, mostrar que se sabe lo que pasa (y se actúa en consecuencia), no es una muestra de debilidad, sino de coherencia ideológica y compromiso democrático.

* Artículo publicado en el diario El Cronista, el 26/2/2009

miércoles, 1 de abril de 2009

El paquete anticrisis y los pobres

El Gobierno, ante la crisis, ha propuesto un programa de sostenimiento de la economía destinado principalmente a mantener el empleo por medio del consumo de los sectores medios. Parece suponer que reducirá así también el impacto de la crisis sobre la pobreza.

Tal vez sea por ello que no hay en los anuncios referencia alguna a la situación de los más pobres (aquellos que están en el 15% más bajo de la distribución del ingreso, casi 5 millones de personas, y que incluye a indigentes y pobres muy vulnerables).

Tal vez el Gobierno no toca el tema por suponer tres cosas: 1) que el derrame de las nuevas medidas llegará también a esta parte de la población; 2) que los más pobres no son más débiles que el resto para afrontar la crisis, y 3) que están adecuadamente atendidos por los programas sociales.

Los tres supuestos son equivocados, y el resultado, si no se adoptan medidas adicionales, será un aumento sensible de los niveles de desprotección de quienes han permanecido en pobreza extrema a pesar del crecimiento de estos seis años.

Artículo completo en LaNacion.com